EL SUEÑO COMO PALIATIVO DEL DESEO SONÁMBULO DE ARCADIA, EN LOS RELATOS DE SU COLECCIÓN EL DESENCANTO (2001) DE LA ESCRITORA JACINTA ESCUDOS (EL SALVADOR 1961)
Milagros PALMA
IUFM / Universidad de Caen
Con el título El desencanto (2001) la escritora salvadoreña Jacinta Escudos [1] da de entrada importantes indicaciones sobre la temática de sus relatos. La palabra “desencanto” significa “acción de desencantar”. También denota “desilusión, desengaño, decepción”. Desencanto es lo contrario de encanto. Es decir que el lector se prepara para descubrir las acciones que conducen al desencanto y los sujetos y objetos implicados en ellas.
El libro presenta dos epígrafes con los cuales se precisa la temática sugerida con el título. El primero se encuentra en la página cinco y alineado a la derecha en forma de poema libre. La irregularidad del inicio de cada verso, contrasta con la regularidad del final.
Fuiste un gusano
Devorando
Las entrañas
De mi corazón
Mientras
Yo fingía
Placer
(ESCUDOS, 2001)
Este epígrafe es una suerte de amarga constatación, un memorial del horror en la cual sobresale el verbo “devorar” que alude al sufrimiento. El yo poético es devorado literalmente por él tú. Es devorado de manera sádica, de a poquitos, como lo hacen los insectos con el cual es comparado el tú. Con sus acción devastadora el gusano contribuye a la descomposición del objeto sobre el cual actúa, que es el yo poético.
La palabra corazón es una metáfora del sentimiento “amoroso”. El yo poético lamenta la pérdida de los restos de humanidad que le quedan como son “el deseo de afecto”, ya que ha sido mortalmente por un sujeto comparado a un gusano que lo aniquila sin piedad. El órgano en cual se supone residir el sentimiento amoroso, el afecto, ha servido de alimento al insecto que aprovecha de la necesidad vital del yo poético que finge cuando en realidad sufre, como lo expresa el verbo fingir en primera persona “yo fingía placer”.
Las diferentes significaciones de la palabra placer nos permiten entender mejor el drama del personaje. Para la palabra placer el diccionario da las siguientes entradas, “alegría, diversión, entretenimiento, deleite, delicia fruición, goce, regalo, sensualidad, voluptuosidad”. En efecto el yo poético al fingir placer silencia el sufrimiento: desagrado, tristeza, descontento, dolor, odio y hasta repugnancia que le procura el sujeto que lo devora.
El segundo epígrafe en la siguiente pagina cuenta de dos partes. La primera:
Hay gente que tiene miedo de hablar sobre sus cosas.
Espero que yo no tenga miedo para decir las mías. (ESCUDOS, 2001)
En la primera frase se alude a un comportamiento femenino contra el cual el sujeto desea revelarse. Pero en la segunda frase con el verbo “Esperar” seguido del modo subjuntivo el sujeto sugiere la duda frente a la realización de su deseo. El lector no sabe si ese deseo finalmente “hablar sobre sus cosas”, se hará realidad.
En el segundo epígrafe el lector descubre que se trata de un personaje femenino que además sufre de inseguridad como la mayoría de las protagonistas de Escudos que no pueden hablar de sí mismas como lo sugiere la expresión “decir las mías”. Hablar de lo suyo, de lo íntimo es un tabú. Transgredir ese tabú supone un gran esfuerzo, para vencer el miedo de la censura que supone vulnerar la norma del silencio.
En los relatos de la colección El desencanto, el sueño es una actividad fundamental del género femenino y a través de la cual se expresa el deseo. Desde el punto de vista del psicoanálisis el sueño es, según Freud, “la realización disfrazada de un deseo” reprimido en el inconsciente (BELLEMIN-NOËL, 1996). El trabajo del sueño es por consiguiente el camino idóneo para acercarse al inconsciente y descubrir el deseo del sujeto.
En El desencanto se pueden distinguir dos tipos de sueños según que el personaje se encuentre despierto o dormido. A la primera modalidad “soñar despierto” corresponde la articulación deseo/imaginario. El deseo sexuado aparece íntimamente ligado al imaginario. Frente a la pulsión, el sujeto responde con comportamientos codificados culturalmente. A la segunda modalidad “soñar dormido” corresponde la liberación clandestina del deseo que escapa a la censura de la consciencia. El deseo se manifiesta cuando el sujeto duerme.
El cuento “El hombre de la primera vez” ilustra la modalidad “soñar despierto”. Los cuentos de la serie “El sueño...” que corresponden a una actividad nocturna, pertenecen a la modalidad “soñar dormido”: “El sueño del caballo negro que le hace el amor”, “El sueño del pato que le hace el amor”. En estos relatos se pone en escena la liberación espontánea del deseo que se realiza sin la intervención de un objeto como se les suele hacer creer a las mujeres. Esta manifestación se da mientras cesa la vigilancia de la consciencia.
El personaje:
Arcadia es el nombre del personaje femenino de los relatos de la colección El desencanto. Este nombre remite a la mítica Arcadia, un pueblo de pastores de la Grecia antigua convertido por los poetas en símbolo de inocencia y felicidad. En El desencanto el nombre de la protagonista es todo lo contrario de su simbolismo original. Arcadia es ingenua y sufre. En efecto, Arcadia ha interiorizado los comportamientos impuestos al sujeto de sexo femenino en vista de la construcción de la heterosexualidad. Arcadia busca la felicidad que es promovida por el aparato simbólico del imaginario conformado por mitos, cuentos y leyendas. Pero la realidad es todo lo contrario de lo que promueve el imaginario. El sufrimiento de Arcadia es el efecto de la ignorancia en la cual ha sido educada con respecto a su cuerpo.
“Soñar despierto” o la socialización del deseo en el cuento “El hombre de la primera vez”:
Todos los seres humanos nacen dotados de pulsión. Sin embargo la pulsión del sujeto de sexo femenino, según Hélène Deutsch, es canalizada por la cultura hacia el trabajo de reproducción et de supervivencia de la especie (DEUTSCH, 1997). Es decir que es “sublimada” o invertida con fines diferentes a los su objetivo inicial: el placer.
En el cuento “El hombre de la primera vez”, el lector descubre al personaje en plena actividad onírica: “Sueña Arcadia”. El verbo “Soñar” con el cual se inicia el cuento denota pasividad, actitud asociada a lo femenino en oposición a lo activo atribuido a lo masculino. Para soñar es necesario dormir, en el sentido de entrar en sueño, de ahí la ensoñación, momento en el cual la consciencia cesa de ejercer la vigilia, dejando a su libre albedrío al deseo liberado del inconsciente.
En el cuento del “Hombre de la primera vez” el verbo soñar en presente y antepuesto al sujeto Arcadia, a la vez que recalca la confusión de la protagonista que no distingue el sueño de la realidad, introduce al lector en un presente eterno [2], inamovible, en el Illo tempore de los mitos, cuentos y leyendas que conforman el imaginario y que codifica, a través de un sistema de oposiciones con valor diferenciativo, el comportamiento genérico, de los sujetos sexuados [3].
Es a partir de este sistema de oposiciones que se construye el principio de división entre masculino y femenino y que hace que la división del trabajo sexual se lleve a cabo en términos de dominación masculina y de subordinación femenina (BOURDIEU, 1997: 27).
No es por casualidad que el título del cuento “El hombre de la primera vez”, sea una expresión popular que se repite en letras de canciones. Con esta expresión se vehicula la idea según la cual el varón de la primera vez no se puede olvidar jamás, ya que con él se inicia la socialización del deseo femenino. Es con esa relación que queda instaurada la división del trabajo sexual: masculino placer/femenino sufrimiento.
El sueño de Arcadia es un sueño paradigmático y como tal generador de un comportamiento femenino muy común [4] en mujeres de todas las edades, de todas las condiciones sociales, puesto que el narrador omnisciente da constancia de ello en el medio que lo rodea: “como lo hacen niñas, muchachas, mujeres, viudas y ancianas”.
Como es de esperar, por que hasta en los sueños se lleva a cabo la operación simbólica de diferenciación de géneros, Arcadia sueña despierta con “la llegada de un famoso personaje […] ‘El príncipe azul’”.
La asociación “deseo sexual femenino” con el significante “Príncipe azul” constituye una operación simbólica orientada a ennoblecer al individuo de sexo femenino cuyo deseo que ha sido dotado de carácter negativo y asociado al mal, al pecado según la culturas. Para que el deseo tenga aceptación social tiene que tener un objetivo “noble”. Las letras de nobleza se las otorga el significante “Príncipe azul” que conduce al trabajo reproductor y materno. Dicho con otras palabras, este significante es el disfraz que toma el deseo reprimido. Freud había constatado ya la manera sesgada de la manifestación del deseo sexual femenino para obviar la censura de la conciencia. El significante “Príncipe azul” es una de las formas autorizadas socialmente para articular en el lenguaje el deseo sexual femenino.
El deseo sexual que no goza de reconocimiento social produce síntoma. Por síntoma se entiende un conflicto inconsciente no resuelto. El síntoma es motivo recurrente de mitos, cuentos y leyendas [5]. El motivo como expresión del síntoma es a su vez generador de reescritura. El cuento del “Príncipe azul” es una manera eficaz de canalizar el deseo sexual femenino hacia fines sociales. Ya que se canaliza hacia la procreación y el trabajo que supone la maternidad con lo cual se perpetúa la dependencia de la mujer hacia el varón.
En “El hombre de la primera vez”, Arcadia capta imágenes ya socializadas como la del cuento de la “Bella durmiente” que vehiculan gestos y comportamientos femeninos: pasividad, posición horizontal. La imagen “Príncipe encantado”, remite al ideal de nobleza, de superioridad en el sentido bourdieusiano de la masculinidad como nobleza (BOURDIEU, 1997: 53). Con estas imágenes se vehicula la heterosexualidad como práctica normada. Arcadia percibe la promesa de alivio a la tensión que creada la irrupción del deseo. Esta operación simbólica pulsión-imagen-deseo-símbolo de nobleza, tiene como objetivo primordial poner en marcha los mecanismos de disponibilidad del cuerpo femenino con respecto al masculino como lo sugiere la razón mítica.
El movimiento natural del deseo hacia la práctica del placer sexual cuya historia Foucault trata de elucidar en la cultura griega, sólo es autorizado para el sujeto masculino (FOUCAULT, 1984) [6]. En el sujeto femenino este binomio deseo-placer ha sido inhibido por la cultura en aras de la reproducción de la especie y del placer del hombre, como lo muestran mitos primitivos [7] y los textos del génesis de las religiones monoteístas.
La tensión que crea la pulsión es tal que Arcadia no espera como la Bella durmiente, pasivamente. La protagonista emprende una verdadera búsqueda desafiando la supuesta naturalidad de la pasividad femenina inculcada por el imaginario tradicional y de la cual toma la releva el psicoanálisis (FREUD, 1905; DEUTSCH, 1949). Arcadia sale como conducida por una fuerza invisible que toma la forma de una fuerza coercitiva, de una fuerza irresistible, ajena a la razón, a su voluntad. La actitud de Arcadia es comparada por el narrador omnisciente al estado febril de un adicto con respecto a la droga. Arcadia actúa de manera irracional como “un jugador de póquer” que “nunca deja de jugar hasta perder todo lo que tiene”.
Las imágenes que la tensión libidinal desencadena en Arcadia no conducen a una práctica inmediata del placer como sucede con el sujeto masculino cuya actitud podría resumirse a la ecuación pulsión libidinal-imágenes deseo-cuerpo femenino-penetración-eyaculación-orgasmo. En la mente de Arcadia hay un proyecto futuro, a largo plazo: quiere ser amada. Su vasto programa se reduce a algo para ella esencial: “amor”.
Apenas le gustaría que el tipo la amara como ocurre en cuentos/novelas: películas, y que vivieran happily ever after por los siglos de los siglos amen. (ESCUDOS, 2001)
El objetivo de Arcadia es la “Felicidad” con efe mayúscula, con lo cual hace honor a su nombre. Además desea una felicidad eterna como la que se promueve por medio de “cuentos/novelas, películas que aluden a los medios de difusión de este ideal, y al cual aspiran todos los individuos de sexo femenino: creyentes, no creyentes, del presente, del pasado y el futuro como lo sugiere la expresión “por seculam secolorum, amen”.
El sentimiento de inseguridad y de malestar que desencadena el deseo en Arcadia tiene como respuesta la palabra “amor”. Esta palabra procura alivio al sufrimiento que produce la tensión de la pulsión no reconocida. Arcadia sufre. El sufrimiento fragiliza al sujeto, lo vuelve dependiente de un ideal de bienestar. Este es el aprendizaje que obtiene Arcadia de sus lecturas. En medio de una extraña confusión, sale dispuesta a actuar de manera femenina es decir, dócil, sonriente, simpática, atenta, sumisa, discreta, despersonalizada con tal de obtener la plenitud sugerida por el cuento.
En el relato “El hombre de la primera vez”, Arcadia tiene una actitud paradójica. Unas veces es activa o en todo caso más activa que la “Bella durmiente” porque no espera al príncipe, sino que se lanza a su búsqueda. El abandono de la pasividad arquetípica del género femenino (la Bella durmiente) por parte de Arcadia podría ser interpretado como una trasgresión al modelo. Sin embargo su actividad es la prueba contundente del dinamismo del mito que se actualiza según las circunstancias, en función de las exigencias de la vida moderna, garantizando su eficacia y su permanencia. Los mitos tienen como función fundamental vehicular valores. En este caso los valores deben ser diferenciales de manera a asegurar la permanencia de la relaciones jerárquica entre sexos: dominación masculina/ subordinación femenina.
La salida de Arcadia a pesar de los peligros que intuye [8], muestra la obediencia incondicional al código de lo femenino. De ahí la celeridad, la urgencia de Arcadia para realizar el sueño de la eterna plenitud:
encontramos a nuestra querida protagonista, en el asiento de un vagón del metro de Berlín pensando en lo que le espera unas 7 paradas más adelante.
siete paradas para llegar a su destino. (ESCUDOS, 2001)
Es decir, “14 minutos para que Arcadia se enfrente con su fatalidad”. En efecto, “destino” y “fatalidad” aluden a la idea de una fuerza superior [9], a un orden a la voluntad y a la razón a las cuales obedece Arcadia a pesar del clivaje que se opera en su consciencia, como una suerte de rebeldía pasajera: “no quiere involucrarse jamás con un hombre que le lleve tan amplia diferencia de edad, como si hizo su propia madre al casarse con su padre, 30 años mayor”.
Las resistencias de la protagonista son demasiado débiles contra la fuerza del modelo al cual debe conformarse. Porque como lo constata Bourdieu, al aceptar los signos de superioridad como son la edad y la talla del varón la mujer asume de entrada la posición de dominada (BOURDIEU, 1997). En el caso de Arcadia el modelo de la madre legitima su incapacidad frente a las normativas del género: superioridad masculina/inferioridad femenina.
A partir de este momento la libido o el deseo aparece como el deseo de dominación. Esta es una revelación para la misma protagonista. Arcadia está apta, preparada y condicionada para entrar en el juego social en el cual debe de actuar según las normativas de géneros: femeninamente. Arcadia erotiza la subordinación [10]. Es en este tipo de actuaciones inconscientes en donde el concepto bourdieusiano de “habitus” toma toda su significación en tanto que sistema de comportamiento durable adquirido por el individuo en su proceso de socialización” y que funciona como principio inconsciente de actos, percepciones y hasta de reflexión. La especificidad de este sistema de percepciones consiste en su interiorización que es la condición necesaria para que dichos comportamientos aparezcan como si fueran naturales por su automatismo. Es en este sentido en que los valores las conductas expresadas en los mitos funcionan como la lengua: la fonética, la sintaxis, la gramática. La interiorización o memorización de “un sistema de disposiciones” permite actuar sin recurrir a las reglas que subyacen al funcionamiento del sistema.
El deseo y la aceptación
Es necesario que Arcadia asuma una posición inferior al hombre puesto que la relación sexual es una relación de dominación: el reconocimiento de la superioridad se da a través del sexo, la raza, la clase, la edad, la talla etc.
A pesar de las directivas de su conciencia, Arcadia al aceptar los signos de superioridad de la “jerarquía sexual” como son la edad y la talla del varón (lo cual supone seguridad por la posición económica, el saber y la experiencia como lo ratifica un dicho que reza así: el diablo sabe más por viejo que por diablo), ratifica de entrada su sometimiento. Arcadia como su madre obedece a un orden imaginario con el cual se construyen la pareja dominador/dominado. Hay un acuerdo tácito entre los géneros al respecto puesto que los hombres a su vez prefieren mujeres más jóvenes, más pequeñas, de clase inferior y con menor educación [11].
El sueño y la realidad
Arcadia encuentra al varón con el que tiene cita que cual bestia, ferozmente hambrienta, está dispuesta a cualquier cosa con tal de satisfacer su voraz apetito sexual [12]. La tensión que se crea en la protagonista es arrolladora:
Durante fracciones de segundo, a Lobo le crecen las orejas, sus colmillos derraman sendas gotas de saliva, se frota las peludas manos, libidinoso, mientras piensa contestarle “es el muro sobre el cual te acorralaré y te arrancaré las ropas para comerte mejor, mi querida Caperucita”. (ESCUDOS, 2001)
La evocación de la Caperucita roja le permite a Arcadia contextualizar su situación. En efecto el terror que se apodera de la protagonista, la paraliza de tal manera que la palabra destino se impone para legitimar su incapacidad de actuar eficazmente puesto que el destino por definición tiene su propia lógica, es independiente de la voluntad del individuo: el inesperado encadenamiento de los acontecimientos contribuye a la ilusión de determinismo [13].
Es la fuerza simbólica la que produce la sensación de inercia de Arcadia que contra su voluntad se ve como llevada por una mano invisible hacia lo que llama el narrador “su destino funesto”. En efecto aquí el imaginario, es decir el conjunto de imágenes, mitos y formas simbólicas funciona eficazmente en el proceso del devenir mujer de la niña. Arcadia igualmente cede no sólo ante la repugnancia, la vergüenza, el miedo, la frustración que le producen los diferentes contactos con un individuo de sexo masculino. Arcadia vive un verdadero “suplicio”. Esta expresión recuerda que en lo femenino lo que se valoriza es ante todo su adhesión su entrega a su destino. Lo cual no impide el miedo que es lo propio del dominado. La escena de Caperucita y el lobo feroz viene a avivar sus miedos porque ha transgredido el mandamiento de la pasividad que supone el encuentro con el Príncipe: “a todas las caperucitas que se desvían de su camino”. De ahí que el hombre se convierta en un lobo feroz y ella en una caperucita impotente frente a su destino fatal. De la manera más obediente Arcadia convertida en caperuza, es decir Caperarcadia camina hacia su muerte. La distancia irónica del narrador en este momento de gran tensión, de conflicto interno, de escisión del yo, en el que forcejea el personaje femenino frente a un cuerpo que se sustrae a las directivas de la conciencia y de la voluntad, pone en escena la magia del poder de la violencia simbólica. Esta escena arquetípica traduce la fuerza arrolladora de la violencia simbólica de una cultura en la cual la mujer como sucede con los dominados en general “aplican a las relaciones de dominación categorías construidas en favor de los dominantes haciéndolas aparecer como naturales, como lo señala Bourdieu (BOURDIEU, 1997: 28). En este cuento el personaje femenino se somete a la dominación, erotizando el sometimiento: “dejándose hacer, dejándose quitar todo lo que tiene puesto además del abrigo y la bufanda, dejándose llevar a la cama del perverso y morboso lobo feroz”.
Además el personaje contribuye a su propia dominación a través de una serie de emociones corporales que desencadena como por arte de magia el poder simbólico (BOURDIEU, 1997: 44) tal la “vergüenza”: “siente total vergüenza al descubrirse absolutamente desnuda por primera vez”; “Tanta es la vergüenza que siente”, la humillación: “El hombre la agrede: con un grito-orden militar: muévete!” Y Arcadia a pesar de sentirse indignada, de manera paradójica, se somete aún más: “con candidez” le pregunta que es lo que tiene que hacer para que él esté bien.
La ansiedad y la culpabilidad se manifiestan. La victima es siempre culpable de lo que le sucede como se puede constatar en lo que piensa Arcadia “mientras el lobo goza encaramado en su cuerpo”: “estoy perdiendo la virginidad, Dios mío, y las monjas decían que era pecado hacerlo sin casarme, o sea que estoy en pleno pecado [14].
El lector no puede más que compartir la perplejidad del narrador frente al misterioso mecanismo de sometimiento erótico del personaje en medio de su conflicto interior en que su cuerpo la abandona, no le obedece más. La extraña impotencia de Arcadia resulta del hecho que siendo consciente de su fatalidad es incapaz de actuar contra la agresión de la cual es objeto. El narrador transcribe sus pensamientos para dar constancia de ello: “Ah! qué romántico, piensa la Caperuza, caminar con el Lobo feroz junto al muro de un cementerio, una noche estrellada, camino del matadero”.
Ante esta situación más que complicidad podemos constatar el trastorno ante la escisión que vive Arcadia el narrador utiliza la ironía para dar cuenta de su estado. Este comportamiento paradójico resulta de la ignorancia del oprimido de los mecanismos de funcionamiento de la dominación que constituye un sistema de estructuras “durablemente inscritas en las cosas y en el cuerpo” (bourdieu, 1997 : 46-7). La opacidad produce inercia. Así Arcadia aparece como un ser indefenso. Su pasividad es su única estrategia para sobrevivir. Por eso no opone resistencia y se deja hacer “quitar la ropa”, “llevar a la cama”… etc.
La ignorancia de Arcadia con respecto a su cuerpo, al deseo sexual y a la sexualidad es arquetípica: “nadie le ha hablado jamás de esas situaciones”. Ignorancia y pasividad van de par en Arcadia en oposición a la actividad y a la experiencia del hombre con el cual se encuentra y que se impone por su automatismo: penetración/orgasmo. Para naturalizar la violencia sexual, el pene aparece dotado de inteligencia instintiva, propia del animal: “Como si tuviera vida propia busca insistentemente sus genitales femeninos”.
Al acudir a este tipo de imágenes el narrador naturaliza la división social del trabajo sexual: “El lobo diestro, con los ojos aún cerrados, aún ocultos ambos debajo de las sábanas, busca colocarlo, busca penetrarlo en su cuerpo”.
Aquí aparece otro aspecto en relación con la desvalorización como rasgo pertinente de la sumisión femenina y que hace parte de la estrategia de desexualizacion: la vergüenza que la mujer tiene de su cuerpo desnudo. Con todo esto, frente a la pasividad de Arcadia el varón además de activo, es agresivo y violento. La sexualidad para el personaje femenino que buscaba afecto, aparece como un acto de predación por su automatismo, su frialdad. Aquí es evidente la división del trabajo sexual sobre el cual se construye la dominación masculina. Ambos actores se apoyan para cumplir con su rol dominación/sumisión en los esquemas de percepción: activo/pasivo, saber/ignorancia, percepción del cuerpo desnudo: bueno/malo (masculino/femenino), arriba/ abajo (el hombre encima del cuerpo de la mujer), cuerpo /espíritu, placer (orgasmo para el hombre, dolor y vergüenza para la mujer. Patricia Bifani-Richard hace referencia a este terreno común en el que actúan los géneros:
La norma da directivas específicas a unos y otros y a la vez los une en la aceptación común de aquellos principios que han de guiarlos, perfilar metas, cimentar actitudes. Es por eso que la reprobación, o la aprobación que proviene de ambos lados, no es privativa de hombre o mujeres, y en esto se asienta su fuerza y su poder coercitivo (BIFANI-RICHARD, 2004).
La ignorancia arquetípica de la mujer
En este engranaje infernal, Arcadia aparece sola, íngrima, en ruptura con la madre. Esta actitud arquetípica de la hija hacia la madre proviene según la socióloga norteamericana Shere Hite del hecho que la madre no transmite ninguna experiencia sobre la sexualidad, sobre el cuerpo (HITE, 2000). El bienestar sexual se aprende “como se aprende a cantar, trabajando la voz”, dice el sexólogo Jacques Waynberg (LE TAUBES, 2006). Su papel se reduce a silenciar todo lo relativo a su cuerpo y al de la hija. La madre no hace más que inculcarle lo que sabe: el tabú de los genitales femeninos a la niña. Con el silencio sobre el sexo femenino toda relación al placer sexual se vuelve prohibida. De ahí que la clandestinidad del placer de la niña se convierte en culpa “porque se asume como ilícito gozar del cuerpo” [15].
El conflicto madre/hija se resuelve al final cuando Arcadia a su vez conoce los secretos que pesa sobre su cuerpo: “se acuesta feliz de tener otro secreto oculto de mamá”. “Ahora mamá no podrá nada contra ella”.
Las mujeres pueden convivir porque comparten los mismos secretos, son cómplices silenciosas de su sufrimiento, aceptan su condición social como su destino social: Arcadia tuvo que pasar por esta experiencia iniciativa para volverse mujer “hecha y derecha”. Es así como con esta experiencia la protagonista desmitifica el mito del amor pero sin resolver el problema de su existencia. Porque continúa sin referencias, cual Caperucita roja en el bosque sola, sin defensa contra la violencia de género. Es en esa soledad la mujer sin referencias como la protagonista busca como construirse con un imaginario nuevo que haga de ella un sujeto.
El Sueño nocturno de las serie “El sueño…”
Mientras la conciencia cesa su vigilia, es decir cuando el cuerpo duerme el deseo reprimido se libera del inconsciente. Es en ese sentido que los sueños son escenarios a través de los cuales se realiza el deseo. El sueño aparece como una actividad reparadora ante la desilusión, el desgaste de Arcadia en su relación con hombres muy diversos: edad, clase social, raza. Los sueños de Arcadia son los escenarios en medio de los cuales se libera su deseo a pesar de la permanencia de los estereotipos del imaginario tradicional. El deseo se expresa de manera espontánea e incontrolable pero la confusión de Arcadia persiste con respecto a la violencia simbólica de la cual es victima. En el relato “El sueno del caballo negro que le hace el amor”, Arcadia que es víctima de la violencia masculina tampoco puede identificarla como tal. La protagonista es víctima de estereotipos sexistas que ella ha interiorizado. En medio de la bestialidad del animal: penetración violenta y palabras soeces, la pulsión se realiza. Esta realización no lo logra con el hombre que se transforma en lobo en el cuento “El hombre de la primera vez”. El orgasmo que la despierta muestra la independencia total del placer sexual con respecto al hombre. Idea inculcada por el imaginario tradicional y retomada por las ciencias sociales. Para la psicóloga Hélène Deutsch la vagina despierta a su plena función sexual gracias al miembro genital del hombre (DEUTSCH, 1997). La psicóloga parece ignorar que en los genitales femeninos el clítoris es el único órgano exclusivo del placer. El orificio vaginal tiene como función fundamental el trabajo reproductor.
En los cuentos estudiados Arcadia es violentada por el hombre y por el animal. Sin embargo en el sueño del caballo, el deseo se libera a pesar de la arremetida violenta de la bestia porque la conciencia duerme y mientras la conciencia duerme el deseo se libera. Además se puede constatar que la protagonista hace suyos los estereotipos relativos a una supuesta “inhibición constitucional de la mujer”, a la inferioridad de sus órganos genitales. Esto es lo que supuestamente la obliga a buscar compensaciones como el afecto.
El deseo supeditado a lo masculino:
En “El sueño del pato que le hace el amor”, se puede apreciar el deseo de afecto por parte de la protagonista. El animal la cubre con sus alas después del acto sexual como para reconfortarla en su fragilidad. La protagonista espera ternura a cambio del uso de su cuerpo. Pero el animal aparece dotado de humanidad. Es más humano que el mismo hombre del cuento “El hombre de la primera vez”. El pato reconoce la fragilidad y por eso es amable y amoroso con ella. En el primer cuento “El hombre de la primera vez” entre más frágil y más pasiva, más sometida y servicial es Arcadia, el hombre abusa de ella traspasando los límites de lo humanamente tolerable, de ahí la figura de la metamorfosis del hombre en lobo y de Arcadia en Caperarcadia.
Conclusión
En su colección El desencanto, Jacinta Escudos muestra cómo funciona la violencia simbólica y real contra el género femenino que es por definición inconsciente. Lo cual explica la supuesta adhesión o mejor aún “la complicidad de la victima” o la “constitución masoquista de la mujer”. Además muestra la tenacidad de los estereotipos. La misma autora expresa esta paradoja ya que se revela contra “el encasillamiento” de las investigadoras feministas “con las mujeres que escriben, y discriminan a las que no escriben una literatura de género”.
Su fastidio es tal, que como lo declara en un articulo-denuncia “se ha visto obligada a utilizar un sinónimo masculino”. El uso de sinónimos masculinos no es nuevo en las mujeres. Basta recordar el nombre de una figura emblemática de la historia de Francia, Juana De Arco, o Sor Juana Inés de la Cruz, en el México colonial etc. Como ellas muchas mujeres se disfrazaron de varones o se pusieron nombres masculinos para ser aceptadas por su actitud contraria al canon de femenino: “no comparto la creencia de que exista eso que llaman ‘literatura de género’”.
Si la literatura de género no existe, la teoría de los géneros sí existe y se ha consolidado desde diferentes enfoques de las ciencias humanas a lo largo de la historia [16]. El género es una ideología con la cual la cultura crea y reproduce la jerarquía social entre los individuos sexuados. Esta ideología aparece sin que un autor se lo proponga ya que es la base del funcionamiento de la sociedad.
Sin proponérselo, Jacinta Escudos escribe una literatura en la cual expone el funcionamiento interiorizado de las normativas de los géneros. Sus personajes no actúan de manera natural como sucede en el mundo biológico. En los cuentos en donde Arcadia se relaciona con animales éstos actúan con frecuencia de manera más humanas que los seres llamados humanos: el hombre goza, con el dolor de la mujer en el cuento “El hombre de la primera vez”.
Con sus propias palabras la autora da cuenta del trabajo de introspección que supone la escritura: “Ese espacio arrebatado al silencio busca desahogar lo que el lenguaje verbal, la supuesta moral y las buenas costumbres impiden expresar”. (ESCUDOS, 2001)
La palabra “expresar”, corrobora la idea según la cual la escritura es de por sí un acto liberador. La expresión por medio de la escritura es también una liberación del deseo. El autor unas veces expone, otras veces también cuestiona. Sin embargo lo que es común en todo autor es que su síntoma le ha servido para tomar distancia con respecto a su conflicto. En la escritura se disfraza el deseo como sucede en el sueño. Arcadia actúa como muchas mujeres que fingen para satisfacer el deseo masculino. Pero aunque ellas no lo quieran y contra la moral tradicional el placer explota cuando menos lo esperan, cuando la consciencia duerme, cualquiera que sea el escenario y que es función del conocimiento que tiene el sujeto femenino del papel que juegan las normativas del género en la inhibición del deseo.
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Bibliografía
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BIFANI-RICHARD, Patricia (2004), “Género y sus transgresiones: ¿Contra la norma o contra sí misma?”, in La Ventana, N° 20, México, Universidad de Guadalajara, diciembre. 416 p.
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LE TAUBES, Isabel (2006), “La frigidité, c'est rare”, Psychologies, N° 8, octobre-novembre.
MATHIEU, Nicole-Claude (1992), L’Anatomie politique, Paris, Côté-Femmes.
PALMA, Milagros (1987a), El gusano y la fruta : el aprendizaje de la feminidad. Bogotá, Tercer mundo, Paris, Indigo-Côté Femmes.
— (1987b), La mujer es puro cuento. Bogotá, Tercer mundo, Paris, Indigo-Côté Femmes.
— (2002), Nicaragua, Once mil vírgenes, París, Indigo-Côté Femmes. 390p.
Pour citer cet article: palma, Milagros (2007), “El sueño como paliativo del deseo sonámbulo de Arcadia, en los relatos de su colección El desencanto (2001) de la escritora Jacinta Escudos (El Salvador 1961)”, Lectures du genre nº 1 : Premières approches.
http://www.lecturesdugenre.fr/Lectures_du_genre_1/Palma.html
