LOS ESTUDIOS DE GÉNERO ¿UNA NOVEDAD? [1]


Mónica ZAPATA

Université François-Rabelais, Tours, CIREMIA

 

Hace casi diez años ya, Sylvia Molloy y Robert Irwin publicaban en Estados Unidos un volumen de artículos bajo el título de Hispanisms and Homosexualities que reunía catorce trabajos en los cuales se trataba de proponer una lectura queer de textos y de performances (televisivas, en particular) españoles y latinoamericanos, de la España clásica a la Cuba actual. Más allá de cotejar los términos que daban su título al volumen – hispanismo/homosexualidad – lo que se intentaba cuestionar era sobre todo la lectura unívoca tanto de la experiencia estética y de las producciones culturales como de los términos mismos de “homosexualidad”, “lesbianismo”, “gay” y de su contrapartida, la norma heterosexual. Y, más allá aún, lo que los editores ponían en tela de juicio desde la introducción del volumen, era la miopía inherente a lo que llamaban la institución “monolítica” del “hispanismo internacional” (MOLLOY & IRWIN, 1998: X). La relación estrecha entre los términos “hispanismo” e “hispanidad”, en efecto, demuestra, según los mismos críticos, hasta qué punto los docentes “hispanistas” se conciben a sí mismos como miembros de una comunidad, de una “patria” mítica, sin fronteras geográficas, que pareciera poder reunir sin conflicto alguno las culturas de una metrópoli y de sus antiguas colonias y que como tal estaría dotada de una identidad. Si para algunos el hispanismo es tan sólo un modo de organizar el saber y el estudio de una pluralidad de culturas, para otros en cambio – la vasta mayoría según Molloy e Irwin – se trata de una cuestión de fe: ser miembro de la familia del hispanismo supone compartir valores culturales fundamentales, defenderlos, excluyendo llegado el caso, los elementos perturbadores que pudieran poner en peligro la solidez del edificio (MOLLOY & IRWIN, 1998: X-XI).

 

Todo esto para decir, hace diez años pues, que era ya hora de reconsiderar la  relación del hispanismo, entendido como edificio de un solo bloque, con las voces disidentes o, dicho de otra manera aún, que había llegado el momento de “enrarecer” ese hispanismo que tan curiosamente se había resistido al bricolaje, a las relecturas y, de manera general, a los cuestionamientos críticos (MOLLOY & IRWIN, 1998: XI).

 

Ahora bien: en 1998 ya habían sido publicados en Estados Unidos los escritos fundacionales de lo que pronto se llamaría la “teoría queer”, Gender Trouble  y Bodies that matter, de Judith Butler [2]; Teresa de Lauretis, se dice, había sido la primera en introducir el término queer en los estudios de género los que, por su parte, al contemplar no solamente las cuestiones de lo femenino sino también la masculinidad, la raza, la clase y la homosexualidad, ampliaban considerablemente el terreno hasta entonces parcelizado entre los estudios feministas, los estudios gay, los estudios lesbianos, etc., sin olvidar al marxismo y el pensamiento postmoderno (LAURETIS, 2007) [3].

 

El concepto de género, instrumentalizado por las ciencias sociales en Estados Unidos desde la década de los setenta, entra en los diccionarios especializados, en francés, alrededor de los noventa. Actualmente en toda Europa las cuestiones de género figuran entre las principales preocupaciones de los gobiernos [4] y en las universidades francesas, varios departamentos de ciencias sociales han puesto en pie programas sancionados incluso por diplomas especializados en cuestiones de género [5].

 

La banalización de los términos, sin embargo, y su manipulación por los media no ha sido del todo beneficiosa para la toma de conciencia de la dimensión real del concepto. Por un lado, en el terreno político la ley impone la paridad entre hombres y mujeres [6]: la ascensión de Ségolène Royal al podio del poder, la presencia de un número sin precedentes de ministras y secretarias de Estado – entre las que se cuenta la presidenta del movimiento contestatario Ni putes ni soumises – la publicidad que se da a todo comentario insultante o peyorativo por parte de los políticos hacia sus opositoras mujeres [7] hace que los franceses vivan hoy en un clima que ellos mismos comparan con la corrección política a la americana, lo cual no deja de asustarlos. La feminización de los títulos es ahora moneda (bastante) corriente en los periódicos y en las universidades, aunque en documentos oficiales las mujeres casadas sigan figurando con el apellido del marido y las solteras, cualquiera sea su edad, su orientación sexual y ya vivan o no en pareja, se vean tildadas de un “coqueto” (al decir de algunos y de algunas) “mademoiselle” [8]. Los textos gubernamentales, por su parte, condenan el empleo de la palabra “genre” (género) para traducir el inglés gender, porque en francés, se dice, “la palabra ‘sexo’ y sus derivados ‘sexista’ y ‘sexual’ resultan perfectamente adecuados en la mayoría de los casos para expresar la diferencia entre hombres y mujeres, incluso en su dimensión cultural, con las implicaciones económicas, sociales y políticas que ello supone” [9].

 

En un estudio publicado en febrero de 2007 – antes pues de la formación del actual gobierno francés –, un equipo de quince de sociólogos y sociólogas de seis laboratorios de investigación diferentes, situándose en el cruce entre estudios de género y ciencia política, trataba de hacer el balance de la incidencia de los estudios de género en la vida política francesa. La conclusión era que al cabo de seis años de estar en vigencia, la ley sobre la paridad entre hombres y mujeres no había servido para renovar radicalmente el modo de comportamiento en el seno de las instituciones políticas: los hombres continuaban dirigiendo las carreras políticas que, si bien se feminizaban, no conducían realmente a las mujeres a los altos mandos del poder y las dejaban, al contrario, relegadas a los sitios “naturalmente” femeninos y poco prestigiosos. Así, lejos de subvertir el modelo patriarcal, las innovaciones en materia de presencia cuantitativa de las mujeres en la política, parecen, muy por el contrario, confortarlo: la disponibilidad, la dedicación, la entrega, son los atributos “naturales” y mayores con que cuentan las mujeres en política, los cuales no son suficientes en el momento de obtener el apoyo de un partido o un grupo de poder. (ACHIN, 2007)

 

Por otro lado, aunque no cabe duda de que ha habido una evolución positiva en cuanto a la comprensión y manejo de términos y conceptos, sólo en las publicaciones especializadas se hace un uso apropiado de los mismos [10]: en la prensa de gran tiraje en general – con excepción del diario de izquierda Libération – encontramos artículos a veces aberrantes bajo títulos que se pretenden “atractivos” pero donde se confunden las nociones, se utilizan “sexo” y “género” como términos intercambiables, se usa “género” en todo tipo de juego de palabras (“genre”, en francés quiere decir, precisamente, “tipo”) o, en el peor de los casos, en fórmulas destinadas a despertar la curiosidad del gran público por el matiz “escandaloso” del que se las rodea [11].

 

Finalmente, en el marco del feminismo francés donde, desde los años ’70, se han opuesto la línea materialista universalista (representada por Christine Delphy, Monique Wittig, Colette Guillaumin y seguidora del pensamiento de Simone de Beauvoir) y el grupo Psicoanálisis y política de orientación diferencialista (Antoinette Fouque, Luce Irigaray, Hélène Cixous y también Julia Kristeva), los debates se han planteado de tal modo que se han acabado construyendo dos versiones de un proyecto de transformación de la situación de las mujeres radicalmente opuestos pero que, tanto uno como otro, han hecho caso omiso de las diferencias entre las mujeres mismas (FOUGEYROLLAS-SCHWEBEL, 2005). El surgimiento de las voces lesbianas como la de Monique Wittig, en la Francia de los años ’70, no sucitó un debate teórico sino que se manifestó más bien como postura política, en términos de lucha contra la opresión frente al pensamiento dominante de la época (el estructuralismo tanto de Barthes como de Lacan). Por lo cual la posición de Wittig no mereció en su momento la acogida que sí se le dio en Estados Unidos, en el seno de los departamentos de literatura y de estudios de mujeres. Sólo en los años ’90 se comienza a releer a Wittig, esta vez a la luz de las posiciones queer que postulan las diferencias en plural [12]. Hasta entonces, el feminismo en Francia calca sus posiciones de los debates marxistas y se concibe como práctica militante.

 

Esto puede explicar entonces las reacciones encontradas frente al concepto de género en las universidades francesas. Es que en el mundo académico francés los estudios feministas, gay y lesbianos no son objeto de las letras como en Estados Unidos [13] y toda la teorización filosófica de la hibridación socio-sexual, como la propone Butler, va en contra de los dos pilares del feminismo francés, que prefieren seguir hablando en términos de lucha por la paridad o bien focalizándose en torno a la noción de diferencia sexual fundada en la angustia de la castración, y descartando pura y llanamente el concepto de género del vocabulario teórico [14].

 

Si el mundo de las letras francesas, parece aún casi huérfano de teoría [15] ¿qué decir entonces del hispanismo francés? El “enrarecimiento” reclamado por Molloy hace años es aquí algo cuya posibilidad de existencia apenas comienza a vislumbrarse. Todo o casi está aún por hacer. Las tesis doctorales – que las hay – en español sobre cuestiones relacionadas con el género suelen por ahora ser más bien temáticas e historicistas [16], tomando los textos como reflejo a veces de una evolución positiva de la sociedad, otras como muestras de la censura de que son o han sido objeto los grupos e individuos no heteronormados. Aunque las herramientas de análisis se van forjando poco a poco, los doctorandos y doctorandas, por el momento, sufren de un cierto desamparo en el terreno teórico[17].

 

Esto nos ha llevado, a Michèle Soriano y mí misma, a crear en 2005 un seminario “interfacultades” de Lecturas del género [18]. Los trabajos de Michèle Soriano, de Stéphanie Decante-Araya, de Nuria Prats Fons o de Gérald Larrieu, por no citar más que algunos, interrogan diversas categorías literarias – empezando por la de “género literario” – y nociones lingüísticas – parodia, paratopía – y las cotejan al concepto de género, de modo tal que surge del texto una categoría estructurante y modelizadora, que podríamos tal vez denominar “instancia del género” (SORIANO, 2005, DECANTE-ARAYA, 2007).

 

El género, como el sujeto, son instancias que implican lo psíquico y lo social: el orden simbólico lacaniano (tanto como el Super Yo freudiano) no se entienden sin la intervención de la cultura en el terreno individual. El sujeto se constituye frente al espejo cuando en brazos de su madre se ve confrontado a la vez a su propia imagen y a su nombre, a su cuerpo y a la ley. Pero no se trata de una epifanía sino de un gesto iterativo: la repetición funda tanto la ley como el control del dolor. Dicho esto en términos butlerianos, la repetición crea la performatividad y ésta fundamenta el género. Tratar se disociar la cultura y las presiones sociales del mundo psíquico y del cuerpo es exponerse a la psicosis.

 

Por otra parte, la teorizaciones postmodernas que postulan el fin – la Muerte – del Sujeto masculino de la Razón occidental, los nuevos feminismos descentrados tanto por las voces lesbianas como negras, hispánicas o magrebíes, los estudios gay y el desplazamiento de la mirada crítica sobre el sujeto masculino mismo, todo ello nos habla de diferencias en plural, de hibridaciones múltiples e inacabadas, de la imposibilidad real de concebir un sujeto homogéneo, ni física, ni psíquica, ni socialmente. Las categorías, o más bien los intentos de categorización, son históricos, no son estables ni naturales.

 

El desafío de una lectura del género en el texto – una lectura que de por sí supone una mirada “rara” – consiste en desbaratar las categorías aparentemente estables: ver cómo en la voz enunciadora presuntamente masculina se diseminan los indicios de una sexualidad no definida, por ejemplo, en un texto como La vorágine de José Eustasio Rivera [19], o bien cómo unas voces enunciadoras no marcadas por ningún género gramatical, en los relatos de Silvina Ocampo y de Angélica Gorodischer, pueden engendrar un discurso paratópico o producir una anamorfosis de los géneros literarios canónicos (SORIANO, 2005; ZAPATA, 2005), cuestionar la interfaz semántica género-tela y género-sexo en Puig, en Silvina Ocampo (LARRIEU, 2005, 2006; ZAPATA, 2005), en Molloy o Peri Rosi, estudiar las modalidades de lo que Dominique Maingueneau denomina “hipergénero” del diálogo en las novelas de Puig …

 

Estas son algunas de las pistas exploradas o por explorar sobre las que discurrimos actualmente en nuestros seminarios. A ellas se suman los trabajos que ponen en relación formas de expresión estéticas como el kitsch, el camp, lo grotesco, la deformación y el travestismo carnavalesco con los discursos literarios y en el cine (ZAPATA, 2006).

 

Estamos, en suma, ante un vasto terreno en obras en el que van apareciendo algunos jalones, más o menos queer, más o menos feministas, más o menos gay, más o menos marxistas, más o menos psicoanalíticos y derridianos. Creo que lo que tenemos que seguir cultivando es el “más o menos”: la relatividad, la conciencia y el riesgo de lo incompleto, las voces plurales.



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Bibliografía

ACHIN, Catherine et alii (2007), Sexes, genre et politique, Paris, Economica.

AMICOLA, José (2000), Camp y posvanguardia. Manifestaciones culturales de un siglo fenecido, Buenos Aires, Paidós.

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— (1993) Bodies that matter, New York and London, Routledge.

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DECANTE-ARAYA, Stéphanie (2007), “Las musas de Juan Emar”, ponencia presentada en el XVI Congreso de la AIH, París julio 2007 (inédita).

DOMINGUEZ, Nora, PERILLO, Carmen (1998), Fábulas del género. Sexo y escrituras en América Latina, Rosario, Beatriz Viterbo.

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LARRIEU, Gérald (2005), “Genre et transgression dans trois romans de Manuel Puig : La traición de Rita Hayworth, The Buenos Aires Affair, El beso de la mujer araña”, tesis doctoral, bajo la dirección de Milagros Ezquerro, Université Paris-Sorbonne Paris IV, inédita.

— (2006), “Las travesuras pelirrosas (por una lectura de ‘Las vestiduras peligrosas’ de Silvina Ocampo), Lectures du genre nº1.

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— (1987), Technologies of Gender: Essays on Theory, Film and Fiction, Bloomington, Indiana University Press.

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FOUGEYROLLAS-SCHWEBEL, Dominique (2005), “Controverses et anathèmes au sein du féminisme français des années 1970”, Les cahiers du genre, nº 39, noviembre 2005: “Féminisme(s): penser la pluralité”.

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SORIANO, Michèle (2005), “Hybrides: genres et rapports de genre”, in ezquerro, M. (sous la direction de) L’hybride / Lo híbrido, Paris, Indigo.

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(1992) The Straight Mind And Other Essays, Boston, Beacon Press.

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ZAPATA, Mónica (2004), “Autour du genre : une polémique au sein de l’institution universitaire”, in Radojka Vukcevic & Marjana Dukic (resp.), Knjizevna Kritika Danas, Publications de Institut za strane jezike, Serbie - Monténégro, p. 131-141.

— (2005), “Breves historias de género : las feminidades tramposas de Silvina Ocampo”, Pandora nº 5 : Bussy Genevois, Danièle & Ramond, Michèle (coord.), nº5 “Féminité(s)”, Université Paris 8, p. 251-262.

— (2006), “Genre, performance et camp. La femme et le déguisement”, in Ramond, Michèle (resp.), La femme existe-t-elle?, México, Rilma 2 et ADEHL, p. 167-175.

 





Pour citer cet article: zapata, Mónica (2007), “Los estudios de género ¿una novedad?”, Lectures du genre nº 1 : Premières approches.

http://www.lecturesdugenre.fr/Lectures_du_genre_1/Introduction.html


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ISSN 1958-5136