LA PALABRA MATERNA EN LOS ESCRITOS DE COLETTE SOBRE SIDO Y EN HISTORIA DE MI MADRE DE ANGÉLICA GORODISCHER


Graciela CONTE-STIRLING

Université de Toulouse-Le Mirail, équipe SIMONE-SAGESSE

 

Nos proponemos comparar hoy dos escritoras muy diferentes, lejanas en el tiempo, sus países de origen y sus culturas:  Colette que nace en Francia en 1873 y Angélica Gorodischer, nacida en Buenos Aires, a fines de los años 20, pero radicada a temprana edad en Rosario. Tomaremos como punto de partida para nuestro trabajo la voz de la madre que cada una de ellas hace revivir, Gorodischer, en Historia de mi madre (2004) y Colette en los libros sobre su madre, La Maison de Claudine (1923), La Naissance du Jour  (1928) y (1930), Sido.

 

Al evocar la voz de la madre nos es absolutamente necesario evocar primeramente, porque las dos escritoras lo hacen, una de las casas en que cada una de ellas vivieron, la de Saint-Sauveur-en-Puisaye para Colette y la casa de la calle Moreno en Rosario para Gorodischer.

 

En segundo lugar nos referiremos a la palabra materna que aparece en Gorodischer en los cuentos que en la niñez ella escucha de su madre y para Colette, en las conversaciones en el jardín, lugar privilegiado para la comunicación entre madre e hija.

 

Es también a partir de la palabra materna que nos ocuparemos en tercer lugar del amor que Colette y Gorodischer tienen por los libros y su influencia en las dos escritoras.

 

En último lugar veremos cómo las dos autoras expresan el deseo de hacer participar los textos de sus madres en la confección de un libro.

 

La casa materna posee un interés especial para las dos escritoras. Si la familia de Gorodischer se muda muchas veces durante la niñez de la autora, algunas veces en Buenos Aires, y otras en Rosario, Colette evoca solamente la casa de Saint-Sauveur donde pasa su niñez y parte de su adolescencia.

 

Aunque se trata entonces de dos experiencias distintas, la pueblerina o campesina de Colette y la urbana de Gorodischer, la casa de esta última en la calle Moreno, donde la niña  más se siente a gusto, es la que más podría parecerse a la impresión que deja en Colette la casa de Saint-Sauveur-en-Puisaye

 

Porque la calle donde está la casa de Gorodischer tiene algo de campo, enfrente del parque de eucaliptus. Escuchemos: “La calle es preciosa. En la vereda de los impares se levantan casas y ningún edificio de departamentos. Y enfrente está el bosque de eucaliptus del parque. El aire huele a eucaliptus.” (GORODISCHER, 2004: 108)

 

En la época que la autora vive allí, se nota un aire de barrio tranquilo, con pocos ruidos, salvo el del tren. Y el ritmo que lleva la casa es también tranquilo, como lo nota la autora. La voz materna se escucha dándole una orden a la muchacha y por ese detalle nos damos cuenta de la clase social de la familia, de la vida activa de la madre y de los paseos que comparte a veces con su hija:

 

Cuando vivíamos allí, la calle estaba empedrada. [...] Pasaban los tranvías frente a casa. El 9 y el 19 [...] Mi mamá decía desde el piso de arriba:

—Julia hágale señas al 19 para que pare que yo ya bajo.

Y el 19 paraba, mi madre terminaba de arreglarse, bajaba y se iba al centro, a veces sola, a veces conmigo. (GORODISCHER, 2004: 108)

Lo que cuenta Gorodischer de la vida de todos los días allí, las nenas vecinas que se hacen amigas de ella, el Toddy de la tarde escuchando la radio, la primer bicicleta en la que  aprende a andar en el parque de eucaliptus, nos hacen adivinar la felicidad que ella siente en esa casa. Una vez y otra el relato vuelve a esa casa porque la autora se complace en revisitarla:


La casa es realmente preciosa. Tiene una fachada art-deco, grisácea, con zócalo de mármol negro. Abajo, la puerta de entrada con reja historiada gris, dos ventanas estrechas juntas, con la misma reja gris, y el portón del garaje, gris y con ventanitas con rejas. Arriba una ventana sobre la puerta de entrada, dos ventanas sobre las dos de abajo, y un balcón sobre el portón del garaje. (GORODISCHER, 2004:117)

Es la única que podría tener alguna semejanza a la casa de Colette que es una casa señorial, antigua, de pueblo:


La maison était grande coiffée d’un grenier haut.

La pente raide de la rue obligeait les écuries et les remises, les poulaillers, la buanderie, la laiterie, à se blottir en contre-bas tout autour d’une cour fermée.[...] (COLETTE, 1986a: 967)

Es por eso que la casa cuenta con dos jardines, un jardín de abajo y un jardín de arriba, debido al desnivel del terreno y a la subida de la calle:


La façade principale, sur la rue de l’Hospice, était une façade à perron double, norcie, à grandes fenêtres et sans grâces, une maison bourgeoise, de vieux village, mais la roide pente de la rue bousculait un peu sa gravité, et son perron boitait, six marches d’un côté, dix de l’autre. (COLETTE, 1986a: 967)

Pero la vida de Colette cuando niña, cuando adolescente es esencialmente, “la vida de afuera”, en el jardín, donde los juegos silenciosos escapan momentáneamente al control de la madre, ya que la pequeña se sube a los árboles, o se esconde sobre el techo de la cochera, especialmente para leer. Es a la hora de la merienda que se escucha la voz de la madre llamando a sus hijos, que no se ven por ninguna parte:


Les enfants! Où sont les enfants ?

Où ? nulle part.L’appel traversait le jardin, heurtait le grand mur de la remise à foin, et revenait, en écho très faible et comme épuisé: “Hou...enfants...” (COLETTE, 1986a: 968)

Es un perfume el que trae consigo muchas de las reminiscencias de las casas: del aire libre, de tranquilidad, de bienestar. Para la escritora argentina es el perfume de los eucaliptus, en el caso de Colette es el olor de las plantas de tomate mezclada con el perfume de los damascos maduros bajo el sol de julio:


Accodée au mur du jardin, je pouvais gratter du doigt le toit du poulailler. Le Jardin-du-Haut commandait un Jardin-du-Bas, potager reserré et chaud, consacré à l’aubergine et au piment, où l’odeur du feuillage de la tomate se mêlait en juillet, au parfum de l’abricot mûri sur espaliers. Dans le Jardin-du-Haut, deux sapins jumeaux, un noyer dont l’ombre intolérante tuait les fleurs, des roses, des gazons négligés, une tonelle disloquée… (COLETTE, 1986a: 968)

Otro punto de convergencia es la luz al atardecer en las dos casas. Colette siente una especial atracción y habla a menudo en su escritura de la  “hora de las lámparas” que es una de sus preferidas del día. Uno de los artículos de La Maison de Claudine, titulado, “La Petite” trata de un día feriado en que las amiguitas de la nena vienen a jugar con ella durante la tarde en el jardín. Cuando después de haber jugado desenfrenadamente las pequeñas se van, es en el momento de la caída del sol y la niña mira hacia la casa:


Un point rouge s’allume dans la maison, derrière les vitres du salon el la Petite tressaille. Tout ce qui, l’instant d’avant, était verdure, devient bleu, autour de cette rouge flamme immobile. La main de l’enfant, traînante, perçoit dans l’herbe  l’humidité du soir. C’est l’heure des lampes. (COLETTE, 1986a: 968)

La madre aparece por un movimiento de su mano, cosiendo delante de la lámpara y allí sentimos el calor del hogar, la presencia que se mantuvo invisible durante el juego de las nenas, la luz  de la lámpara que atrae a la niña hacia la casa, hacia la madre.

 

Gorodischer manifiesta también predilección por la luz de las lámparas. La casa de la calle Moreno tiene la peculiaridad de ofrecer, gracias a un sistema especial de iluminación, muy buena luz durante el día, “luz difusa” dice la madre y durante la noche, las lámparas. Como en la casa de Colette, las lámparas suaves en la casa de Gorodischer dan la sensación de un hogar cálido y acogedor, y en él, aunque no directamente visible sentimos la presencia materna:


Había lámparas sobre alguna mesa o algún mueble, pero esa luz tenue que no emblanquecía las caras ni los objetos, me parecía cómoda, tranquila, segura. Nada de luces rudas. Siempre me gustaron esas luces amables. (GORODISCHER, 2004: 118)

La madre se presenta de una manera diferente en cada una de las escritoras estudiadas. En la narrativa de Colette, Sido toma dos formas. En una, ella es la “Sido de los preceptos”, la que tiene sus propias ideas sobre el amor, el casamiento, la enfermedad, la vejez. La otra forma es la de “Sido, diosa o hada del jardín”, la madre que trabaja en el jardín y en el huerto protegida por su sombrero de paja bordó y que explica a su hija de 8, 10 años cada flor, cada planta, cada pájaro y parece poseer el poder de predecir y utilizar a su conveniencia lo que los puntos cardinales pueden aportar, el viento, las tormentas, la lluvia y el granizo.

 

El mito de la madre no existe en Gorodischer. Se trata de otro tipo de madre y Gorodischer no le levanta un altar a la manera de Colette. Pero si el mito no existe, la palabra materna existe en las dos y es en eso que se pueden encontrar similitudes.

 

La voz de la madre de Gorodischer se oye a menudo, sobre todo en la niñez porque la madre relata cuentos a su hija cuando la baña, cuando le lava la cabeza, cuando le corta el pelo. Ese momento es muy especial para las dos ya que la madre se relaja y la hija, aunque, no lo dice, encuentra en esas ocasiones una intimidad, una comunión muy especial:


Los cuentos de mi madre sucedían en ninguna parte. Había palacios y bosques pero vaya una a saber adonde era eso. Ella me lavaba la cabeza y me la secaba. Después me sentaba en un banquito, me ponía la toalla sobre los hombros y me contaba un cuento mientras me cortaba el pelo. (GORODISCHER, 2004: 22)

La madre que está ahí para ocuparse únicamente de su hija, se siente feliz por el hecho de poder hablarle, de expresarse oralmente sobre algo exterior a ellas, de abrir a la pequeña las puertas de un mundo imaginario al que entran juntas. Porque para la madre la comunicación con la hija es muy difícil en otras ocasiones. Debido quizás a la educación de la época, o tal vez queriendo seguir el modelo que ella recibió en sí misma, la madre no sabe hablarle, sino es para decirle lo que se debe hacer en cada ocasión, para corregirla o para castigarla. Hasta la lectora o el lector se imagina que la cara de la madre cambia al lavarle el pelo a su hija, que se transforma en un ángel guardián, en una madre ideal.

 

Esos momentos son preciosos para la niña que además siente la alegría de poder intervenir en el cuento, de ahí que los cuentos de la mamá son “interactivos” y dan a la niña la posibilidad de crear, de inventar:

 

“ ‘La princesa’, decía ella , ‘como se llamaba la princesa?’ ‘Esmeralda’, decía yo casi siempre porque Esmeralda era uno de mis nombres favoritos”(GORODISCHER, 2004: 22). La oralidad fomentada por la madre, ayuda a preparar a la niña para su futuro de escritora, como la misma autora lo deja entender en una entrevista con María Eugenia Romero:


Yo siempre, desde chica, y le hablo cuando era muy muy chica – desde antes que tuviera acceso a la escritura – percibí el mundo como si fuera un cuento. Todo pasaba a través de mi imaginación como si fuera un relato. Yo me hacía historias para todo y todo llegaba a mí como una historia. Después lo fui volcando a la escritura. (ROMERO, 2006)

Angélica Gorodischer habla del “miedo” que le producen algunos cuentos de la madre, ya que ésta tiene en su repertorio cuentos “moralizantes” o admoniciones que son aquellos en los que quiere mostrarle a su hija cuáles son sus defectos. Los otros cuentos, según Gorodischer los cuentos felices, son aquellos de “princesas, príncipes, hadas y enanitos en los que no había niñas castigadas sino que se casaban con el príncipe después de haber humillado a la bruja mala.”(GORODISCHER, 2004: 20)

 

Muy diferente es la madre de Colette o la visión que tiene Colette de su madre. Ella no le cuenta cuentos cuando la peina. Colette en su niñez, siguiendo la moda de la época, lleva el cabello hasta los pies lo que obliga a ella y a su madre a levantarse una hora antes que las demás nenas del colegio, para hacer la trenzas. Colette dice en Mes apprentissages que odiaba el pelo largo, por un lado por el tiempo que perdía en peinarse y por el otro porque se encontraban pelos por todas parte, en la cama, en los sillones, en el jardín. No creemos que hubiera mucha comunicación entre madre e hija en ese momento, ya que estaba el estrés de ir a la escuela y no era un momento para disfrutar.

 

Lo que sabemos es que en otras oportunidades la madre, Sido, le cuenta cosas de su juventud, de esa magnifica Bélgica, de esa casa cálida, llena de libros, de arte y de música donde ella vivía antes de casarse e instalarse en el pueblito insignificante de la Puisaye, (cuando se casa con su primer marido). La madre le habla de su niñez, de su primer matrimonio tan infeliz y después de su segundo matrimonio, mucho más feliz, con el padre de la escritora, el capitán Colette.

 

Pero donde más se oye la voz de Sido y donde la hija se siente más contenta de escucharla es en le jardín. Porque la madre que sale al jardín después de terminar las tareas de la casa, está relajada, feliz y presenta allí “su cara de jardín”. Allí, Sido se presta a explicar lo que está germinando en las macetas, cada una con su etiqueta, y cuando no hay etiqueta, quiere enseñar a la hija a no hurgar “ni siquiera un poco” para no perturbar lo que se está gestando. Pero, la madre sabe porque se reconoce en su propia hija, que la niña meterá el dedo igualmente, ya que su curiosidad es más grande que el deseo de proteger lo que está naciendo. Como la madre de Gorodischer, Sido se impone a sí misma la tarea de educar a su hija y aunque la madre de Colette sabe o intuye que para algunas cosas no hay otra manera de aprender que experimentar por uno mismo, trata de inculcar a su hija, lo que de hecho es irrealizable.

 

En lo que se parecen mucho las infancias de las dos escritoras es en la cantidad de libros y revistas que circulan en las dos casas y en ese “hambre de leer” que tienen ambas por cualquier tipo de libro, aunque algunos no se consideren “correctos” para la edad de las niñas. La madre de Gorodischer se enoja mucho cuando la adolescente, al leer Rebeca de Daphne du Maurier y enterarse de que Rebeca muere de cáncer de útero, le pregunta qué es el útero considerando que no es un tema para una chica. La madre de Colette no se enoja, pero cuando la hija lee un Zola, prohibido por los padres, que describe con lujo de detalles cómo una jovencita seducida da a luz: sangre, piel desgarrada, dolores y gritos, le dice que es un castigo del cielo si la adolescente se desmaya.  La madre opta por ponerse en contra de Zola:


Ce n’est pas si terrible, va, c’est loin d’être terrible l’arrivée d’un enfant. [...] La preuve que toutes les femmes l’oublient, c’est qu’il n’y a jamais que les hommes — est-ce que ça le regardait, voyons, ce Zola?— qui en font des histoires... (COLETTE, 1986a: 992)

Tanto Colette como Gorodischer consideran los libros como muy importantes en sus infancias. En un articulo titulado “Ma mère et les livres”, de La Maison de Claudine, Colette habla de la cantidad de libros de la biblioteca, del placer de hojearlos, de cómo devora los  libros, muchos de ellos no destinados a los chicos. Gorodischer también expresa la atracción de la palabra escrita desde pequeña. En cuanto a los libros de cuentos, no es el texto lo que le interesa a Colette cuando niña, sino las ilustraciones:


De livres enfantins, il n’en fut jamais question. Amoureuse de la Princesse en son char, rêveuse sous un si long croissant de lune, et de la Belle qui dormait au bois, entre ses pages prostrée; éprise du Seigneur Chat botté d’entonnoirs, j’essayai de retrouver dans le texte de Perrault les noirs de velours, l’éclair d’argent, les ruines, les cavaliers, les chevaux aux petits pieds de Gustave Doré; au bout de deux pages je retournais, déçue, à Doré. (COLETTE, 1986a: 988)

Para Colette como para Gorodischer las ilustraciones de los cuentos o de los libros de historias fantásticas no limitan o apagan la imaginación, como lo piensa Bruno Bettelheim: “Siendo ilustrado el cuento se ve privado de una gran parte de su significación personal”. (BETTELHEIM, 1976: 59-60. Mi traducción)

 

Para las dos autoras, esas ilustraciones dan alas a la imaginación, incitan a la palabra narrativa. Algo así nos dice Gorodischer de un libro que abre muy a menudo durante la infancia, sin haber leído nunca el texto:


Entre todos los libros que sacaba de la biblioteca de mi casa para jugar, para mirar,[...]  hubo uno que me dio en germen todas las sensaciones que uno puede experimentar a lo largo de su vida viajando, volando, huyendo, enamorándose, muriendo, resucitando en éxtasis y en agonia. El autor de ese libro es un señor llamado E. Lesbaizelles [...] El titulo es Colosos Antiguos y Modernos. La traducción del francés al castellano la hizo Cecilio Navarro y se publicó en Barcelona en la “Biblioteca de las Maravillas” en 1885. (GORODISCHER, 2004: 24-5)

Para Gorodischer ese libro es el que le abre a ella “la puerta de la narrativa”. Qué hay en ese libro de tan irresistible? Por qué la niña se pasa horas enteras mirándolo y hojeándolo? Gorodischer nos lo dice:


Las ilustraciones mostraban templos, palacios, avenidas flanqueadas por esfinges, excavaciones en las que aparecían estatuas inmensas. Y yo me detenía, incapaz de ponerle palabras a lo que sentía, en la primera sala del gran templo de Istambul con sus estatuas de diez, quince metros de alto, sus frescos allá arriba cerca del techo, los trípodes que sostienen los recipientes de oro labrado de los que se escapa el humo de las hierbas rituales que se van haciendo cenizas; en las escaleras del palacio de Khorsabad, muy atrás los techos curvos del palacio, y acá al pie de los escalones de mármol los leones de piedra vigilantes; frente al Apolo de Amiclea, arco, flecha, trono y en el friso los pobres hombres, los mortales, los danzantes, sus súbditos. (GORODISCHER, 2004: 26)

Y con ese libro, ella reconoce que realizó tres etapas: primero, la observación pura y simple, mirando los dibujos a pluma, quedándose embelesada, solamente observando, recorriendo cada detalle, siguiendo con los ojos los caminos, subiendo con la mirada las escaleras, observando los detalles de los frisos. Otra etapa que vino más tarde, fue dice Gorodischer, la de “meter[se] en la página”, es decir que los dibujos ya no eran estáticos, cosas para mirar sino que la ilustración se transformaba en estímulo para la historia, para hacer participar a la niña de ese mundo imaginario, ya que ella era la que recorría las galerías y las avenidas, la que olía las hierbas perfumadas, la que descendía bajo un parasol las escaleras de Khorsabad. La tercera etapa vino cuando ella ya sabía leer. Entonces ya no es la época en que ella se ve en la historia, sino que ve a otros, otras personas, otros seres y entonces es ya cuando la vena narrativa comienza y ya ella es escritora. Eso fue a los 7 años:


Y mientras voy en busca de los tesoros del Rey Salomón, dejo de estar yo entre las páginas, ya no recorro los templos ni las avenidas, ni las excavaciones. Son otros los que están allí y yo los contemplo y les cuento a quienes quieran oírme (leerme) lo que veo, que es algo que nunca antes vio nadie nunca jamás (GORODISCHER, 2004: 26)

Al igual que Gorodischer, que nos dice no haber leído nunca el texto de Lesbaizelles, Colette expresa su fascinación cuando pequeña por la historias que la ilustración sugiere, al mismo tiempo que afirma su voluntad de no descifrar la palabras escritas que la acompañan:


Je n’ai lu l’aventure de la Biche, de la Belle, que dans les fraîches images de Walter Crane. Les gros caractères du texte couraient de l’un à l’autre tableau comme le réseau de tulle uni qui porte les médaillons espacés d’une dentelle. Pas un mot n’a franchi le seuil que je lui barrais. (COLETTE, 1986a: 988)

La madre de Colette no era escritora, si bien escribía muchísimas cartas y pertenecía a una familia de periodistas belgas de bastante notoriedad. La madre de Gorodischer, Angélica de Arcal era escritora, pintora y conferencista. Gorodischer dice que su madre no escribía bien, pero expresa su anhelo de encontrar un manuscrito perdido de su madre y tratar de arreglarlo para poder publicarlo. En esos escritos, su madre había hecho un trabajo de investigación bastante importante sobre mujeres latinoamericanas. En ese libro no terminado, Angélica de Arcal, mezcla los estilos y las mujeres estudiadas tienen sueños, conversaciones con un personaje inventado, al estilo, nos pareció, de Nilda Sosa en su libro Esas damas dadas a escribir, donde habla de escritoras universales. (SOSA, 1993)

 

De una manera similar al deseo de Gorodischer de intervenir en un libro escrito por su madre, para hacerlo revivir, Colette hace intervenir a Sido utilizando algunas de las muchas cartas escritas por la madre como elemento de base para la trama de la Naissance du jour. Esas cartas interrogadas para pedirles consejo, para compararse a la madre, para dialogar con ella, la transforman en coautora de la obra. Aunque en Gorodischer se trata de escribir de nuevo un libro escrito por la madre, hay también un parecido en Colette ya que ella no utiliza las cartas de su madre textualmente sino que las arregla, para que le sirvan en la trama que inventa.

 

En los diversos puntos que acabamos de analizar en la narrativa sobre Sido y en Historia de mi madre hemos descubierto similitudes, en las casas habitadas, en la voz materna que para Colette suena sobre todo en el jardín y para Gorodischer en esos tranquilos momentos en que la mamá le cuenta cuentos; hemos visto la influencia que sobre las dos tienen la lectura y las ilustraciones de los libros. Hemos encontrado un deseo, realizado en Colette y por realizar en Gorodischer, de hacer participar a la madre en la escritura.

 

Pensamos que para toda autora no es tarea fácil la de escribir un libro sobre su familia, sobre su madre, por lo que esto presupone de delicado desde el punto de vista afectivo. Colette puede evocar a su madre recién diez años después de la muerte de ésta. Y puede solamente hacerlo cuando su propia hija, Colette de Jouvenel tiene 9 ó 10 años, con la intención de que no se pierda el recuerdo de una familia, de una madre. Gorodischer expresa la misma aprensión y el mismo deseo de que quede un testimonio para sus hijos y para sus nietos. Y es gracias a su hija Cecilia que la anima, que la entusiasma, que la escritura se realiza.

 

Como lo afirma Marianne Hirsh, en lo que se refiere a la palabra materna tanto en los libros sobre Sido como en Historia de mi madre,


“este tipo de textos se escriben únicamente después de la muerte de la madre. Es solamente en ese momento que la memoria y el anhelo actúan como instrumentos de conexión, reconstrucción y reparación. Se puede decir, de hecho que [...] la muerte les permite a las madres estar “presentes” más que “ausentes” en el imaginario de las hijas” (HIRSH, 1989: 97. Mi traducción)


**********


Bibliografía:

BETTELHEIM, B., (1976), The uses of Enchantment, Thames & Hudson, London.

COLETTE, (1984),  “Claudine et les contes de fées”, Appendice, Un chapitre inédit de Claudine en ménage, Œuvres. Volume I, Editions Gallimard, “Bibliothèque de la Pléiade”, p. 665-68.

— (1986a), La Maison de Claudine, Œuvres, Volume II, Editions Gallimard, “Bibliothèque de la Pléiade”.

— (1986b), “Appendices, Lettre à Germaine Patat”, La Maison de Claudine, Œuvres, Volume II, Editions Gallimard, “Bibliothèque de la Pléiade”, p.1085.

— (1991a), La Naissance du Jour, Œuvres, Volume III, Editions Gallimard, “Bibliothèque de la Pléiade”.

— (1991b), Sido, Œuvres, Volume III, Editions Gallimard, “Bibliothèque de la Pléiade”.

— (1991c), Mes apprentissages, Œuvres, Volume III, Editions Gallimard, “Bibliothèque de la Pléiade”.

COLLETTE, Marianella, (2003), Conversación al Sur: Entrevistas con escritoras argentinas, Buenos Aires, Simurg.

CONTE-STIRLING, Graciela, (2007, à paraître), Colette et Sido: le dialogue par l’écriture.

GORODISCHER, Angélica, (2004), Historia de mi madre, Buenos Aires, Emecé.

HIRSH, Marianne, (1989), The Mother/Daughter Plot, Indiana University Press.

La capital, ( 2/1/05), Rosario, “Historia de mi madre, de Angélica Gorodischer”.

ROMERO, María Eugenia, (30.1.2006), “El desparpajo de Angélica por Romero”, Escritores argentinos. Entrevistas, Edición Bilingüe Castellano/Inglés, Centro de Estudios Ariadna. Disponible en www.centrodeestudiosariadna.com.ar. Fuente: Artemisa Noticias.

SACCOMANNO, Guillermo, (25 de Septiembre de 2005), “Los ’70 de Gorodischer”, Página 12, Buenos Aires, Nota de tapa.

SOSA, Nilda, (1993), Esas damas dadas a escribir. Encuentros imaginarios con escritoras célebres, Buenos Aires, Editorial Planeta Argentina.

 




 

Pour citer cet article: conte-stirling, Graciela (2007), “La palabra materna en los escritos sobre Sido y en Historia de mi madre, de Angélica Gorodischer”, Lectures du genre nº 1 : Premières approches.

http://www.lecturesdugenre.fr/Lectures_du_genre_1/Conte-Stirling.html




Pour télécharger cet article en format PDF  
Conte-Stirling_files/6.CONTE-STIRLING.pdf




 

ISSN 1958-5136